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Como explico lo que siento, si el
dolor ya no se extingue y es voraz como un incendio.
Como acallo lo que siento si en
silencio mi alma grita porque busco y no te encuentro.
¿Donde estas?... ¿En donde moras?.
Te marchaste jilguerillo cuando
más yo te adoraba...
No te culpo, ¡mas no entiendo!.
Exiliado me he quedado del país en
que habitabas.
Centinela de tus sueños,
gallardete de tus pasos
pretendía de por vida yo tenerte en
mi regazo.
Fuiste luz de mi camino,
lazarillo de mis penas.
No era yo quien te cuidaba.
eras Tú quien sutilmente de tu
mano me guiaba.
Me resigno a olvidarte pero vuelve
tu mirada
y al instante se atiborra de silencio
y de la nada...
Si el parirte no lo hice, porque siento
que me falta.
Un pedazo de mi carne, un espacio
aquí en mi alma.
Hoy me encuentro tan frustrado como dueño de parcela que sembró y no ha cosechado.
¡No me culpes... y perdona la
miseria de quien ama!
Mas comprende que si olvido también
pierdo la esperanza,
De sentirte con el viento, con el
fuego, con el agua
que me trae tu presencia tan vivas,
tan anhelada
Jilguerillo prisionero... te
marchaste de mi casa.
Hoy tu ausencia me desvela y en las
noches no hallo calma
y se bien hijita mía que tu cuerpo
ya descansa
pero ven, no me abandones... ven
visítame en mis sueños
a tu padre que te adora , a tu
padre que te extraña.
Poema escrito el 14 de agosto de
2012
En Memoria de mi Hija Ariana.
06/06/1993 - 14/07/2012

Es la hora, vete ya
que este crepúsculo muera,
no quiero amar las ruinas de esos árboles lejos,
ahora, ahora me da igual vivir o estar muriendo,
no sabría decir amor, y eso es tremendo.
A qué buscar los días que se fueron,
nunca serán igual dos primaveras,
el amor y el sabor de los primeros besos,
y lo que en mi alma es duda,
en ti, en ti es remordimiento.
No, ya no volverá a rondar la luna en tus cabellos,
ni el cansancio alcanzará para el olvido,
ya no será la cita, y.. y es temprano,
o acaso tarde, por que oscurece el cielo.
Por eso lleno de luz la plaza,
de los primeros sueños de amor que no se olvidan jamás,
la plaza y aquel café, donde balbuceé un "te quiero",
y tu dejaste tu mano, sorprendida entre mis dedos.
Todos, todos saben que te amo,
mas nadie sabrá que hoy me muero,
y el crepúsculo en que ayer íbamos siempre a encontrarnos,
nos sabrá a amarga miel, a violines enterrados,
porque ya no estarás tu, ni nosotros,
o este eterno crepúsculo que muere en mi, desde que te amo,
y no sé porque te dejo partir.
Si me dices q me quieres,
que me quieres como nunca, más que nunca,
y me juras, y te juro.. en vano, porque es así,
tú me quieres ver feliz, y yo igualmente contenta,
porque es verdad que te alejas…
Tu, te llevas el sol, el amor en tu piel,
el día se va en ti, tu.. me dejas sin luz.
Que yo me quedo, no sé,
no sé qué diablos hare en la tierra,
porque un hombre sin amor no encuentra sitio ni estrella,
para apagar su dolor,
las ansias de aquel amor que se va, o que te llevas...
porque es verdad, ya no habrá crepúsculos ni primaveras,
es la hora, vete pronto,
que este crepúsculo muera, de una vez y para siempre,
aunque por siempre te quiera…

Me gusta ver el cielo
con negros nubarrones
y oír los aquilones
horrísonos bramar,
me gusta ver la noche
sin luna y sin estrellas,
y sólo las centellas la tierra iluminar.
Me agrada un cementerio
de muertos bien relleno,
manando sangre y cieno
que impida el respirar,
y allí un sepulturero
de tétrica mirada
con mano despiadada
los cráneos machacar.
Me alegra ver la bomba
caer mansa del cielo,
e inmóvil en el suelo,
sin mecha al parecer,
y luego embravecida
que estalla y que se agita
y rayos mil vomita
y muertos por doquier.
Que el trueno me despierte
con su ronco estampido,
y al mundo adormecido
le haga estremecer,
que rayos cada instante
caigan sobre él sin cuento,
que se hunda el firmamento
me agrada mucho ver.
La llama de un incendio
que corra devorando
y muertos apilando
quisiera yo encender;
tostarse allí un anciano,
volverse todo tea,
y oír como vocea
¡qué gusto!, ¡qué placer!
Me gusta una campiña
de nieve tapizada,
de flores despojada,
sin fruto, sin verdor,
ni pájaros que canten,
ni sol haya que alumbre
y sólo se vislumbre
la muerte en derredor.
Allá, en sombrío monte,
solar desmantelado,
me place en sumo grado
la luna al reflejar,
moverse las veletas
con áspero chirrido
igual al alarido
que anuncia el expirar.
Me gusta que al Averno
lleven a los mortales
y allí todos los males
les hagan padecer;
les abran las entrañas,
les rasguen los tendones,
rompan los corazones
sin de ellos caso hacer.
Insólita avenida
que inunda fértil vega,
de cumbre a cumbre llega,
y arrasa por doquier;
se lleva los ganados
y las vides sin pausa,
y estragos miles causa,
¡qué susto!, ¡qué placer!
Las voces y las risas,
el juego, las botellas,
en torno de las bellas
alegres apurar;
y en sus lascivas bocas,
con voluptuoso halago,
un beso a cada trago
alegres estampar.
Romper después las copas,
los platos, las barajas,
y abiertas las navajas,
buscando el corazón;
oír luego los brindis
mezclados con quejidos
que lanzan los heridos
en llanto y confusión.
Me alegra oír al uno
pedir a voces vino,
mientras que su vecino
se cae en un rincón;
y que otros ya borrachos,
en trino desusado,
cantan al dios vendado
impúdica canción.
Me agradan las queridas
tendidas en los lechos,
sin chales en los pechos
y flojo el cinturón,
mostrando sus encantos,
sin orden el cabello,
al aire el muslo bello...
en plena convulsión.





